jueves, 10 de marzo de 2011

Babeando

Las mujeres babeaban.
Frente a la iglesia mayor, Minguccio el Comercial, llamado también el de Puglia, desenrrollaba telas que llevaba en el remolque y se las pasaba por delante de los ojos. Ellas las acariciaban furtivas, el percal fino para las sábanas, la tela escocesa que se vendía como churros para las camisas y las servilletas, la franela y la falsa franela para los calzoncillos, el muletón más pesado para las enaguas, el terciopelo liso para las mujeres y la pana para los hombres, el castor marrón o lila, oscuro y grueso, para el traje de boda incluso en verano, la tela blanca y doble para los manteles y las fundas de los colchones, el raso negro para los manteles elegantes, el cachemir, la lana ligera para los pañuelos de la cabeza, la gabardina para los trajes ligeros de hombre y la vicuña para el traje de novio, tan buena que la tenían almacenada y se estropeaba y cuando iban a cogerla la encontraban toda apolillada.
- Qué necesidad hay de toda esa tela que lo único que hace es fundir el dinero - decía Vincenzo -, a tomar por culo el que ha venido.
Él tuvo siempre sólo tela hecha en casa, tan basta que se quedaba sola de pie, buena para los manteles y la sábanas de quien se conformaba, tejida en el telar por las mujeres del pueblo, que se la daban a cambio de piel de vaca para zapatos, de petróleo para los quinqués, de cuerda, de trozos de jabón. Había sido siempre así, desde que podía recordar, hasta que llegó Minguccio el Comercial desde Puglia sin que nadie le hubiera llamado, a destrozarle la plaza, mimando a las mujeres que babeaban con su palabrería y con aquellos tejidos lisos como un culo de niño, susurrantes como tentaciones, que les metía en la cabeza quién sabe qué ideas.

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Hoy, en vez de ilustración os dejo un fragmento del libro que me estoy leyendo (y que me tiene el corazón robado): Hace mil años que estoy aquí, de Mariolina Venezia.